XC.LEYES MORALES – Libro III
/ Capítulo XII: PERFECCIÓN MORAL
/ Parte V
(395): 918. ¿Por qué signos se
puede reconocer en un hombre el progreso real que debe elevar a su
Espíritu en la jerarquía espírita? – “El Espíritu
prueba su elevación cuando todos los actos de su vida material ponen en
práctica la ley de Dios y cuando comprende por adelantado la vida espiritual”.
(Me parece que la disertación que hizo Kardec a la respuesta recibida nos basta
para comprender: «El verdadero hombre de bien es aquel que practica la
ley de justicia, amor y caridad en su mayor pureza. Si interroga a su conciencia
acerca de las acciones que ejecuta, se preguntará si no ha violado esa ley; si
no hizo mal; si ha realizado todo el bien que pudo; si nadie tuvo que quejarse
de él: en suma, si ha hecho a los demás cuanto hubiera
querido que se hiciese con él. El hombre poseído por el sentimiento de caridad y amor al prójimo hace
el bien por el bien mismo, sin aguardar recompensa, y sacrifica en aras de la
justicia su propio interés. Es bueno, humanitario y benévolo para con
todos, porque en cada hombre ve un hermano, sin distinción de razas ni
creencias. Si
Dios le concedió poder y riqueza, los considera como UN DEPÓSITO que debe
emplear para el bien. No se envanece por poseerlos, pues sabe que Dios,
que se los otorgó, podría quitárselos. Si el orden
social ha puesto hombres bajo su dependencia, les trata con bondad y benevolencia, porque son sus iguales ante
Dios. Utiliza la autoridad que posee para elevar la moral de esos hombres y no
para aplastarlos con el orgullo. Es
indulgente con las flaquezas ajenas, porque sabe que él también necesita
indulgencia, y recuerda aquella expresión de Cristo: “El que de vosotros esté
sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. No es vengativo. A ejemplo de Jesús,
perdona las ofensas y sólo recuerda los beneficios. Porque sabe que se le perdonará,
así como él haya perdonado. Por
último, respeta, en sus
semejantes, todos los derechos que las leyes de la Naturaleza confieren, del
mismo modo que quisiera que fuesen respetados los que a él conciernen».
En su acertada
disertación, Kardec pareciera evitar considerar el segundo signo que nos permite reconocer a los Espíritus
Encarnados que han ‘Progresado’ considerablemente, lo cual es “COMPRENDER POR ADELANTADO LA VIDA
ESPIRITUAL”. Es decir, podemos reconocer a los ‘Espíritus Encarnados
Perfeccionados’ principalmente por sus comportamientos caritativos, sin esperar
recompensa, simplemente porque saben que los demás son sus Hermanos y los
tratan con amor de Hermanos en Espíritu, aunque carnalmente no lo sean. El
segundo signo que nos permite reconocer un ‘Espíritu Encarnado Perfeccionado’
es la comprensión o ‘Conocimiento’ que tienen acerca del Reino Espiritual, por
adelantado, o lo que es lo mismo, en este mundo, antes de sus transiciones al
Más Allá. Yo suelo pensar que, en atención a los
Objetivos Principales de El Gran Juego –‘Crecer en el Conocimiento de Dios’ y
deslastrarnos de los vicios acumulados-, nuestro Amoroso Padre Dios
continuamente nos Evalúa tanto Teóricamente –‘Conocimiento de Dios’- como en la
Práctica -deslastrarnos de nuestros vicios-, pero no tengo idea del Puntaje que
a cada Evaluación se le Asigna.
Consecuentemente, se nos
hace preciso procurar con los dos Objetivos en conjunto, porque no sabemos cuál
de las dos Evaluaciones tienen mayor carga Meritoria. Yo supongo que, la mayor
carga se le otorga al deslastre de nuestros vicios acumulados, lo cual se
manifiesta en el poco valor que le otorgamos a los bienes materiales, lo que
nos facilita el desprendernos de ellos y compartirlos generosamente con
nuestros Hermanos. No obstante, debemos considerar que, hemos sido
materializados principalmente para que ‘Crezcamos en el Conocimiento de Dios’ y
el segundo Objetivo -deslastrarnos de nuestros vicios- surgió como consecuencia
de nuestros abusos por los bienes materiales, por lo que probablemente el mayor
Puntaje lo tenga el Objetivo Principal. Luego, les insisto que, al no tener
certeza de cuál de los dos Objetivos tienen mayor Puntaje, se nos hace preciso procurar
esforzarnos en conjunto por ‘Alcanzar’ ambos Objetivos.
CONOCERSE A SÍ MISMOS
Por lo que entiendo, el Espíritu
Superior que le respondió a Kardec su pregunta acerca de qué medios pudiéramos utilizar
para ‘Perfeccionarnos’, fue
Agustín de Hipona, quien le aseguró a Kardec que: Si realmente es nuestro deseo
‘Perfeccionarnos Espiritual y Moralmente’, es preciso que nos conozcamos a
nosotros mismos primero, para luego estar ‘Conscientes’ de lo que debemos
mejorar en nosotros, a fin de lograr así enfocarnos en aquello que requiere de
nosotros la mayor atención.
(396): 919. ¿Cuál es el
medio práctico más eficaz para mejorarse en la presente existencia y resistir a
las instigaciones del mal? - Un sabio de la antigüedad os lo dijo: “Conócete a ti mismo”. (Agustín
de Hipona acostumbraba a decir: “Haz Señor
que me conozca a mí primero, para luego poder colaborar contigo en la
instauración de Tu Reino”, quizás por
haber ‘Comprendido Conscientemente’ el aforismo “Conócete a ti mismo”,
el cual era de uso común de muchos filósofos, anteriores a Agustín de Hipona).
919 a. Bien comprendemos
toda la sabiduría de esa máxima, pero la dificultad estriba precisamente en
conocerse a sí mismo. ¿De qué manera podemos lograrlo? (Aparentemente,
la importante respuesta a esta pregunta la dio Agustín de Hipona, por lo que
vale la pena poner sus Consejos en práctica. Esta respuesta es bastante extensa
y profunda, por lo que prefiero transcribírselas: «Haced lo
que yo hacía cuando moraba en la Tierra. Al
término de cada jornada interrogaba a mi conciencia, pasando en revista cuanto
había realizado ese día, y me preguntaba si no había faltado a algún deber; si
nadie había tenido que quejarse de mí. Así llegué a conocerme y a averiguar qué
era lo que debía reformar en mí. Aquel que,
llegada cada noche, recuerde todas sus acciones de la jornada y se pregunte qué
ha hecho de bien o de mal, rogando a Dios y a su ángel de la guarda que lo
iluminen, adquirirá gran energía para
perfeccionarse: porque, creedme, Dios ha de asistirlo. Formularos
preguntas, pues, inquiriendo sobre lo que habéis hecho y con qué objeto
obrasteis en determinada circunstancia; si hicisteis algo que censuraríais a
otra persona; si habéis ejecutado una acción que no os atreveríais a confesar.
También preguntaos esto: “Si determinara Dios
llamarme en este preciso instante, al retornar al Mundo de los Espíritus, donde
nada permanece oculto, ¿tendría que temer el ver de nuevo a alguien?” Examinad lo que pudierais haber
hecho contra Dios, después contra el prójimo, y por último contra vosotros
mismos. Las respuestas serán un descanso para vuestra conciencia, o la
indicación de un mal que es menester curar. El
conocimiento de sí es, por tanto, la clave del mejoramiento individual.
Pero, alegaréis vosotros, ¿cómo juzgarse a sí mismo? ¿Acaso no nos engaña
nuestro amor propio, empequeñeciendo las faltas que cometemos y haciendo que
nos las excusemos? El avaro se cree simplemente ahorrativo y previsor. El
orgulloso piensa que lo que posee es tan sólo dignidad. Esto es demasiado
cierto, pero vosotros disponéis de un medio de control que no puede induciros a
error. Cuando
os halléis indecisos acerca del mérito de una de vuestras acciones, preguntaos
cómo la calificaríais si la realizase otra persona. Si la reprobáis en los demás, no podría ser más legítima para
vosotros, porque Dios no tiene dos medidas para la justicia. Asimismo, tratad de averiguar lo
que piensen de ella los otros, y no descuidéis tampoco la opinión de vuestros
enemigos, porque éstos no tienen interés alguno en hermosear la verdad, y con
frecuencia Dios los pone a vuestro lado como un espejo para advertiros con más
franqueza que la que usaría con vosotros un amigo. Aquel
que tiene el serio propósito de mejorarse explore su conciencia, pues, a fin de
extirpar de ella las malas inclinaciones, del modo mismo que arranca de su
jardín las malas hierbas. Haga, pues, el balance cotidiano de su jornada
moral, así como el comerciante hace el de sus pérdidas y ganancias, y os
aseguro que al primero le dejará más beneficios que al segundo. Si puede
afirmar que su jornada ha sido buena estará en condiciones de dormir en paz y
aguardar sin temor su despertar en la otra vida. Plantead,
pues, preguntas claras y precisas, y no
temáis abundar en ellas. Bien es posible gastar a diario unos
pocos minutos para conquistar una felicidad eterna. ¿Acaso no trabajáis todos
los días a fin de reunir bienes que os proporcionarán descanso en la vejez? Ese
reposo, ¿no es el objeto de todos vuestros anhelos, la meta cuyo logro os hace
que soportéis fatigas y privaciones momentáneas? Pues bien, ¿qué es ese
descanso de algunos días, perturbado por los achaques del cuerpo, si se compara
con el que aguarda más adelante al hombre de bien? ¿No vale la pena que por
este último se hagan algunos esfuerzos? Sé que muchos objetan que lo presente
es positivo y lo por venir, incierto. Ahora bien, esta es precisamente la idea
que estamos encargados de quitaros, porque queremos lograr que comprendáis ese
futuro de una manera que no pueda dejar la menor duda en vuestra alma. Por eso
hemos llamado primero vuestra atención con fenómenos tales que impresionaran
vuestros sentidos, y después os hemos dado instrucciones que cada uno de
vosotros está encargado de difundir. Con este objeto hemos dictado El Libro de
los Espíritus»).
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