viernes, 19 de abril de 2024

EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS / EL PRINCIPIO DEL FIN - Parte XC

XC.LEYES MORALES – Libro III / Capítulo XII: PERFECCIÓN MORAL / Parte V

ESPÍRITUS ADELANTADOS

(395): 918. ¿Por qué signos se puede reconocer en un hombre el progreso real que debe elevar a su Espíritu en la jerarquía espírita? – “El Espíritu prueba su elevación cuando todos los actos de su vida material ponen en práctica la ley de Dios y cuando comprende por adelantado la vida espiritual”. (Me parece que la disertación que hizo Kardec a la respuesta recibida nos basta para comprender: «El verdadero hombre de bien es aquel que practica la ley de justicia, amor y caridad en su mayor pureza. Si interroga a su conciencia acerca de las acciones que ejecuta, se preguntará si no ha violado esa ley; si no hizo mal; si ha realizado todo el bien que pudo; si nadie tuvo que quejarse de él: en suma, si ha hecho a los demás cuanto hubiera querido que se hiciese con él. El hombre poseído por el sentimiento de caridad y amor al prójimo hace el bien por el bien mismo, sin aguardar recompensa, y sacrifica en aras de la justicia su propio interés. Es bueno, humanitario y benévolo para con todos, porque en cada hombre ve un hermano, sin distinción de razas ni creencias. Si Dios le concedió poder y riqueza, los considera como UN DEPÓSITO que debe emplear para el bien. No se envanece por poseerlos, pues sabe que Dios, que se los otorgó, podría quitárselos. Si el orden social ha puesto hombres bajo su dependencia, les trata con bondad y benevolencia, porque son sus iguales ante Dios. Utiliza la autoridad que posee para elevar la moral de esos hombres y no para aplastarlos con el orgullo. Es indulgente con las flaquezas ajenas, porque sabe que él también necesita indulgencia, y recuerda aquella expresión de Cristo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. No es vengativo. A ejemplo de Jesús, perdona las ofensas y sólo recuerda los beneficios. Porque sabe que se le perdonará, así como él haya perdonado. Por último, respeta, en sus semejantes, todos los derechos que las leyes de la Naturaleza confieren, del mismo modo que quisiera que fuesen respetados los que a él conciernen».

En su acertada disertación, Kardec pareciera evitar considerar el segundo signo que nos permite reconocer a los Espíritus Encarnados que han ‘Progresado’ considerablemente, lo cual es “COMPRENDER POR ADELANTADO LA VIDA ESPIRITUAL”. Es decir, podemos reconocer a los ‘Espíritus Encarnados Perfeccionados’ principalmente por sus comportamientos caritativos, sin esperar recompensa, simplemente porque saben que los demás son sus Hermanos y los tratan con amor de Hermanos en Espíritu, aunque carnalmente no lo sean. El segundo signo que nos permite reconocer un ‘Espíritu Encarnado Perfeccionado’ es la comprensión o ‘Conocimiento’ que tienen acerca del Reino Espiritual, por adelantado, o lo que es lo mismo, en este mundo, antes de sus transiciones al Más Allá. Yo suelo pensar que, en atención a los Objetivos Principales de El Gran Juego –‘Crecer en el Conocimiento de Dios’ y deslastrarnos de los vicios acumulados-, nuestro Amoroso Padre Dios continuamente nos Evalúa tanto Teóricamente –‘Conocimiento de Dios’- como en la Práctica -deslastrarnos de nuestros vicios-, pero no tengo idea del Puntaje que a cada Evaluación se le Asigna.

Consecuentemente, se nos hace preciso procurar con los dos Objetivos en conjunto, porque no sabemos cuál de las dos Evaluaciones tienen mayor carga Meritoria. Yo supongo que, la mayor carga se le otorga al deslastre de nuestros vicios acumulados, lo cual se manifiesta en el poco valor que le otorgamos a los bienes materiales, lo que nos facilita el desprendernos de ellos y compartirlos generosamente con nuestros Hermanos. No obstante, debemos considerar que, hemos sido materializados principalmente para que ‘Crezcamos en el Conocimiento de Dios’ y el segundo Objetivo -deslastrarnos de nuestros vicios- surgió como consecuencia de nuestros abusos por los bienes materiales, por lo que probablemente el mayor Puntaje lo tenga el Objetivo Principal. Luego, les insisto que, al no tener certeza de cuál de los dos Objetivos tienen mayor Puntaje, se nos hace preciso procurar esforzarnos en conjunto por ‘Alcanzar’ ambos Objetivos.

CONOCERSE A SÍ MISMOS

Por lo que entiendo, el Espíritu Superior que le respondió a Kardec su pregunta acerca de qué medios pudiéramos utilizar para ‘Perfeccionarnos’, fue Agustín de Hipona, quien le aseguró a Kardec que: Si realmente es nuestro deseo ‘Perfeccionarnos Espiritual y Moralmente’, es preciso que nos conozcamos a nosotros mismos primero, para luego estar ‘Conscientes’ de lo que debemos mejorar en nosotros, a fin de lograr así enfocarnos en aquello que requiere de nosotros la mayor atención.

(396): 919. ¿Cuál es el medio práctico más eficaz para mejorarse en la presente existencia y resistir a las instigaciones del mal? - Un sabio de la antigüedad os lo dijo: “Conócete a ti mismo”. (Agustín de Hipona acostumbraba a decir: “Haz Señor que me conozca a mí primero, para luego poder colaborar contigo en la instauración de Tu Reino”, quizás por haber ‘Comprendido Conscientemente’ el aforismo “Conócete a ti mismo”, el cual era de uso común de muchos filósofos, anteriores a Agustín de Hipona).

919 a. Bien comprendemos toda la sabiduría de esa máxima, pero la dificultad estriba precisamente en conocerse a sí mismo. ¿De qué manera podemos lograrlo? (Aparentemente, la importante respuesta a esta pregunta la dio Agustín de Hipona, por lo que vale la pena poner sus Consejos en práctica. Esta respuesta es bastante extensa y profunda, por lo que prefiero transcribírselas: «Haced lo que yo hacía cuando moraba en la Tierra. Al término de cada jornada interrogaba a mi conciencia, pasando en revista cuanto había realizado ese día, y me preguntaba si no había faltado a algún deber; si nadie había tenido que quejarse de mí. Así llegué a conocerme y a averiguar qué era lo que debía reformar en mí. Aquel que, llegada cada noche, recuerde todas sus acciones de la jornada y se pregunte qué ha hecho de bien o de mal, rogando a Dios y a su ángel de la guarda que lo iluminen, adquirirá gran energía para perfeccionarse: porque, creedme, Dios ha de asistirlo. Formularos preguntas, pues, inquiriendo sobre lo que habéis hecho y con qué objeto obrasteis en determinada circunstancia; si hicisteis algo que censuraríais a otra persona; si habéis ejecutado una acción que no os atreveríais a confesar. También preguntaos esto: “Si determinara Dios llamarme en este preciso instante, al retornar al Mundo de los Espíritus, donde nada permanece oculto, ¿tendría que temer el ver de nuevo a alguien?” Examinad lo que pudierais haber hecho contra Dios, después contra el prójimo, y por último contra vosotros mismos. Las respuestas serán un descanso para vuestra conciencia, o la indicación de un mal que es menester curar. El conocimiento de sí es, por tanto, la clave del mejoramiento individual. Pero, alegaréis vosotros, ¿cómo juzgarse a sí mismo? ¿Acaso no nos engaña nuestro amor propio, empequeñeciendo las faltas que cometemos y haciendo que nos las excusemos? El avaro se cree simplemente ahorrativo y previsor. El orgulloso piensa que lo que posee es tan sólo dignidad. Esto es demasiado cierto, pero vosotros disponéis de un medio de control que no puede induciros a error. Cuando os halléis indecisos acerca del mérito de una de vuestras acciones, preguntaos cómo la calificaríais si la realizase otra persona. Si la reprobáis en los demás, no podría ser más legítima para vosotros, porque Dios no tiene dos medidas para la justicia. Asimismo, tratad de averiguar lo que piensen de ella los otros, y no descuidéis tampoco la opinión de vuestros enemigos, porque éstos no tienen interés alguno en hermosear la verdad, y con frecuencia Dios los pone a vuestro lado como un espejo para advertiros con más franqueza que la que usaría con vosotros un amigo. Aquel que tiene el serio propósito de mejorarse explore su conciencia, pues, a fin de extirpar de ella las malas inclinaciones, del modo mismo que arranca de su jardín las malas hierbas. Haga, pues, el balance cotidiano de su jornada moral, así como el comerciante hace el de sus pérdidas y ganancias, y os aseguro que al primero le dejará más beneficios que al segundo. Si puede afirmar que su jornada ha sido buena estará en condiciones de dormir en paz y aguardar sin temor su despertar en la otra vida. Plantead, pues, preguntas claras y precisas, y no temáis abundar en ellas. Bien es posible gastar a diario unos pocos minutos para conquistar una felicidad eterna. ¿Acaso no trabajáis todos los días a fin de reunir bienes que os proporcionarán descanso en la vejez? Ese reposo, ¿no es el objeto de todos vuestros anhelos, la meta cuyo logro os hace que soportéis fatigas y privaciones momentáneas? Pues bien, ¿qué es ese descanso de algunos días, perturbado por los achaques del cuerpo, si se compara con el que aguarda más adelante al hombre de bien? ¿No vale la pena que por este último se hagan algunos esfuerzos? Sé que muchos objetan que lo presente es positivo y lo por venir, incierto. Ahora bien, esta es precisamente la idea que estamos encargados de quitaros, porque queremos lograr que comprendáis ese futuro de una manera que no pueda dejar la menor duda en vuestra alma. Por eso hemos llamado primero vuestra atención con fenómenos tales que impresionaran vuestros sentidos, y después os hemos dado instrucciones que cada uno de vosotros está encargado de difundir. Con este objeto hemos dictado El Libro de los Espíritus»).  



 

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