XCIII.LEYES MORALES – Libro IV / Capítulo I: ESPERANZAS Y
CONSUELOS / Parte III
Para mi siempre ha sido
muy contradictorio la pena que muchos manifiestan ante la muerte. Muchos hay
quienes se quejan continuamente de su vida poco próspera y llena de problemas,
pero cuando se enteran de que les ha invadido una enfermedad terminal, entonces
luchan fervientemente por seguir viviendo. Como diría Joe Black: “¡Nadie los
entiende!!! Pasan gran parte de sus vidas quejándose de la vida misma y cuando
los vengo a buscar entonces no se quieren ir”.
Hay personas que tienen a
un familiar muy amado, a quien lo abruma una enfermedad terminal, y le piden a
Dios que lo sane, para poder seguir disfrutando de la presencia de ese ser
amado. Pocos son los que comprenden que: LA MUERTE NO ES EL FINAL DEL CAMINO SINO SIMPLEMENTE
UNA TRANSICIÓN, por lo que todos tenemos que transitar, lo que nos supone que,
al morir, todos iremos a un lugar en donde nos encontraremos nuevamente con
aquellos que partieron antes que nosotros.
El problema de
esta falta de comprensión ontológica radica en la inexistente aceptación de que
SOMOS ESPÍRITUS REVESTIDOS DE MATERIALIDAD.
Consecuentemente, pocos son los que realmente confían en que volverán a ver a
aquel ser amado que se les adelantaron en la transición, por lo que sufren
muchísimo cuando el ser amado parte al Más Allá. Al respecto, los Espíritus
Superiores construyen hermosos símiles para ayudarnos a comprender el
comportamiento egoísta de aquellos que no aceptan la partida del ser amado. Son
tan iluminadores los símiles que les anotaré todo lo comentado, por los Espíritus
Superiores, al respecto.
(405): 936. ¿De qué
manera los inconsolables pesares de los sobrevivientes afectan a los Espíritus,
cuya desencarnación se llora? – “El Espíritu es sensible al recuerdo que se le guarda y a la nostalgia
de aquellos seres a quienes amó, pero un dolor continuo e irrazonable lo afecta angustiosamente, porque en esa
aflicción excesiva ve una falta de fe en el futuro y de confianza en Dios
y, por tanto, un obstáculo al adelanto y tal vez a su reunión con los seres
queridos. Visto
que el Espíritu desencarnado es más feliz que cuando estaba en la Tierra,
lamentar que haya perdido la vida equivale a deplorar que sea dichoso.
Dos amigos se encuentran presos y han sido
encerrados en un mismo calabozo. Ambos deben obtener un día su libertad, pero uno
de ellos sale de prisión antes que el otro. ¿Sería caritativo, por parte del
que queda encarcelado, sentirse afligido porque su amigo haya sido liberado
antes que él? ¿No demostraría más egoísmo que afecto si quisiera que el otro
continuara compartiendo su cautiverio y sus penurias por igual período de
tiempo? Pues bien, lo propio acontece con dos seres que en la Tierra
se amen. El que parte en primer término es el que obtiene antes su libertad, y
debemos felicitarlo por ello, mientras aguardamos con paciencia el instante en
que nos toque a nosotros lo mismo. Haremos a este respecto otra comparación. Tenéis junto a vosotros a un amigo que se halla en una
situación muy penosa: su salud o su conveniencia exige que marche a otro país,
donde estará mejor desde todo punto de vista. Se ausentará de vuestro lado
temporariamente, pero seguiréis en correspondencia con él. La separación, pues,
sólo será material. ¿Os sentiríais afligidos por su alejamiento, que se produce
para su bien? La Doctrina Espírita, por las pruebas patentes que
proporciona acerca de la vida futura, de la presencia en torno de nosotros de los
Espíritus a quienes amamos, de la continuidad de su afecto y su solicitud, y
por las relaciones que nos pone en situación de mantener con ellos, nos ofrece
un consuelo supremo en uno de los más legítimos motivos de dolor. Con el
Espiritismo desaparecen la soledad y el abandono. El hombre más aislado dispone
siempre de amigos cerca de él, con los cuales puede comunicarse. Con
impaciencia soportamos las tribulaciones de la vida. Se nos ocurren tan
inaguantables que no comprendemos cómo podamos tolerarlas. Y, sin embargo, si
las hemos sobrellevado con valor, si hemos sabido imponer silencio a nuestras
protestas, nos felicitaremos de ello cuando estemos fuera de esta prisión
terrenal, como el enfermo que padecía se congratula, una vez curado, de haberse
resignado a un tratamiento doloroso”.
(Aquellos que se nos
adelantan en la transición al Más Allá sufren mucho cuando aquel que se queda
en el más acá -la Tierra- les lloran constantemente y reniegan de su partida.
Pero no sufren porque
aquel que se quedó en el más acá este sufriendo, sino porque, con ese
sufrimiento, aquel que se quedó en el más acá está manifestando falta de fe en
que se volverán a encontrar, lo que indica muy poca confianza en el Amor de
Dios y muy probablemente duda absoluta de Su Existencia. Consecuentemente,
el Espíritu de quien partió al Más Allá sufre por el que se quedó en el más
acá, porque su falta de fe en Dios y en la vida futura disminuye la posibilidad
de que se vuelvan a encontrar, tanto cuanto, esa falta de fe y de confianza en
Dios, pudiera significar que, cuando el Espíritu de aquel que se quedó en el
más acá haga su transición al Más Allá lo cambien de ‘Clan de Planificación de
Almas’ y por lo tanto no pueda seguir compartiendo con su antiguo ‘Clan’ en
donde muy seguramente se encontrará aquel ser amado que partió primero al Más
Allá.
De manera que, aquellos
que han sufrido la pérdida de un ser muy amado, más les vale seguir el consejo de
aquella extraña canción que versa sobre la muerte de una chica, muy amada por
un chico, quien al verla morir exclama: “Ahora me toca ser bueno para estar -en
el Más Allá- con mi amor”. La realidad es que, si
realmente quieren volverse a ver con aquellos seres queridos que partieron
antes al Más Allá, en vez de estar sufriendo y quejándose por su partida,
esfuércense por aceptar y comprender que TODOS SOMOS ESPÍRITUS Y NINGUNO DE
NOSOTROS MORIMOS, por lo que deben esforzarse por ser buenos en esta vida, para
que cuando hagan su transición al Más Allá, puedan tener la oportunidad de
‘Planificar la próxima Reencarnación’ con las Almas de aquellos a quienes
amaron en esta vida).
LOS INGRATOS
Suele ocurrir muchísimo
que, durante nuestras
vidas conocemos a muchísimas personas a quienes llegamos a considerar nuestros
amigos y por quienes nos esforzamos por hacerles felices, pero de quienes
recibimos malos tratos o traiciones al amor que les profesamos. Esto
evidentemente duele muchísimo porque, además de que sentíamos por esas personas
un amor muy especial, también les otorgamos lo mejor de nuestras atenciones,
procurando servirles sin esperar nada a cambio, pero mucho menos esperábamos
sus malas acciones o tratos ingratos.
En lo particular me ha
ocurrido muchísimo, sobre todo con familiares cercanos. Estas ingratitudes me
lastimaban muchísimo hasta que comencé a comprender que, muchas de esas
ingratitudes eran Pruebas, en las cuales se evaluaba mi capacidad de servir,
incluso por encima de la ingratitud, por lo que, cuando aquellos
ingratos se acercaban a mí para pedirme alguna ayuda o servicio, yo siempre les
he ayudado o servido como si nunca me hubieran maltratado. Hoy en día comprendo
que, más allá de la
Prueba que pudiera significar una ingratitud, aquellos que me la confieren no
son simplemente mis amigos o familiares cercanos -padres, hijos, tíos, primos,
…- sino que propiamente son mis Hermanos, hijos de un Mismo Dios, quien nos
Engendró y nos Revistió de materialidad, para que vivamos ‘Experiencias’, que
nos ayuden a ‘Crecer en el Conocimiento’, que nos hará ‘Conscientes de Dios’,
el cual Es nuestro Padre Amoroso.
Consecuentemente, cada
vez que recibo algún desaire, yo simplemente acepto y comprendo que es un
Hermano muy Amado quien no sabe ser agradecido y digo: “PERDONALO PADRE QUE NO
SABE LO QUE HACE”. Yo comprendo que, esa persona que me trata no acorde con el
trato que le doy, no es mi amigo o mi familiar, sino que es un Hermano que me
está probando en mi amor, por lo que consecuentemente le perdono su desaire y
le sigo prestando el mejor de mis servicios, aunque ciertamente, por su bien, le hago ver su ingratitud, pero no porque me
moleste o no le haya perdonado, sino porque deseo que se ilumine
espiritualmente y procure los cambios que requiere para lograrlo.
Así pues, si bien es cierto que debemos perdonar todo desaire o ingratitud,
también es cierto que es nuestro deber ayudar a
nuestros Hermanos a ‘Competir en Buenas Acciones’, lo que significa ser cada
día mejores en todo lo que hacen, incluyendo ser agradecidos.
Con el paso del tiempo, fui
comprendiendo que, realmente he tenido muchísimos compinches, pero muy pocos
amigos. Sin embargo, acepto con gratitud los compinches que he tenido, porque
con ellos he disfrutado muchísimas ‘Experiencias de Vida’, pero agradezco
muchísimo más los pocos amigos que he tenido, porque de ellos Aprendí muchísimas
cosas que me ayudaron a ‘Crecer Espiritualmente’. Evidentemente, a mis amigos
los amaba más que a mis compinches, por lo que, cuando me inferían algún desaire
me dolía mucho más que cuando recibía algún desaire de mis compinches, porque
el amor que sentía por mis amigos era mucho más evidente que el que sentía por
mis compinches. Hablo en pasado porque tristemente hoy en día trato muy poco a
mis amigos y mucho menos a mis compinches, pero no porque haya dejado de
amarlos sino porque no tengo tiempo para amarlos, en atención al tiempo que me
ocupa Amar a Dios. Yo tengo por cierto que, aquellos
a quienes amamos en algún momento nos fallan justamente para que comprendamos
que los amores de este Mundo son muy efímeros, por lo que no debemos confiarnos
de esos amores ni amarlos en demasía porque ciertamente en algún momento los
perderemos o nos abandonarán. Consecuentemente, los desaires de aquellos a quienes
amamos nos ayudan a comprender lo que significa AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS
COSAS.
(407): 938. Los
desengaños ocasionados por la ingratitud, ¿no existirán para endurecer nuestro
corazón e insensibilizarlo? – “Esto sería un error. Porque la
persona sensible, como dices, es siempre feliz por el bien que realiza.
Sabe que, si no se acuerdan de ese bien en esta vida, lo recordarán en la otra,
y que el ingrato tendrá vergüenza y remordimientos”. (Y aclaro que, con lo que
comenté en el intro de este capítulo, no estoy estableciendo que ya no amo a nadie,
sino que, mi forma de amar a madurado muchísimo y he ‘Aprendido a Amar Conscientemente’, tanto cuanto
comprendo que EN CADA OBRA DE LA CREACIÓN SE ENCUENTRA UN HERMANO MÍO A QUIEN
DEBO SERVIR LO MÁS LOABLEMENTE POSIBLE, pero esto no significa que debo
desvivirme por ellos, tanto cuanto TODOS Y CADA UNO DE NOSOTROS SOMOS
RESPONSABLES DE NUESTROS PERFECCIONAMIENTOS. YO HE ‘APRENDIDO’ A AMAR RESPONSABLEMENTE Y NO CON EL
CORAZÓN, porque he ‘Aprendido’ que el corazón es simplemente una entraña, que
poco sabe razonar y acostumbro a dejarle el razonamiento a mi ‘Consciencia’).
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