XCVI.LEYES MORALES – Libro IV / Capítulo II: PENAS Y GOCES
FUTUROS / Parte I
Al portar en nuestro interior un Espíritu, todos y cada uno de
nosotros hemos estado en el Más Allá, por lo que interiormente intuimos que hay
algo Más Allá de esta vida material y, de alguna forma o manera, intuimos que,
al morir, nuestro destino es ese lugar, al cual genéricamente denominamos Más
Allá.
Pero este Más Allá que intuimos, algunos lo vislumbran penoso, porque, de
alguna forma o manera, saben que, en atención a sus desaciertos existenciales,
no merece otra cosa que un castigo. Otros vislumbran un lugar gozoso, porque
saben que sus esfuerzos por superar todas las Pruebas impuestas los hacen
merecedores de disfrutar de cierta dicha en el Más Allá. Los primeros
evidentemente vislumbran un infierno y los segundos un Paraíso. Algunos otros
prefieren no vislumbrar nada y viven sus vidas sin importarles lo que les
ocurrirá después de morir, porque, según ellos, ese Más Allá no existe y la
vida presente es la única que tienen. Estos últimos prefieren dudar de la
existencia del Más Allá quizás porque sus Espíritus se han mantenido tanto
tiempo en la ignorancia espiritual que ya dudan que son Espíritus.
En cualquiera de los
casos, la triste realidad es que, la gran mayoría de los Espíritus Encarnados presentan ciertas dudas
acerca de la existencia del Más Allá porque les cuesta imaginar ese extraño
lugar, ya sea malo o ya sea bueno. Consecuentemente, muchos de
aquellos que se están esforzando por hacerlo bien -para ganarse el Paraíso-
tienen momentos en los que claudican en sus esfuerzos, porque realmente no
tienen certeza de lo que les espera. Y a aquellos que intuyen que les tocará un
infierno, en atención a que no saben lo que realmente ocurre en el Más Allá,
pues optan por comportarse cada día peor, porque suponen que ya no vale la pena
esforzarse por ser buenos, tanto cuanto ya están anotados para ir al infierno.
Generalmente, en cualquiera de los dos casos, es común creer que, ya sea que se
ganen el Paraíso y o el infierno, este premio es para toda la eternidad, por lo
que no logro entender por qué claudican los que se están esforzando por ganarse
el Paraíso o por qué no se esfuerzan por hacer el bien aquellos que sienten que
se han ganado el infierno. Una vez más, la respuesta es el desconocimiento de
lo que realmente es el Más Allá y lo que vamos a hacer allá. Por eso es tan importante leer,
investigar y profundizar aquello que desconocemos, para darnos una mejor idea
de a lo que nos enfrentaremos y actuar en consecuencia.
(417): 959. ¿De dónde le
viene al ser humano el sentimiento instintivo de la vida futura? – “Ya lo hemos
dicho: antes de haber encarnado conocía el Espíritu todas esas cosas,
y el alma guarda un vago recuerdo de lo que sabe y de lo que ha visto en el
estado espiritual”. (En este punto, vale la pena anotarles la disertación que
hace Kardec al respecto: «En todos los tiempos se ha preocupado el hombre
por el porvenir que le aguarda más allá de la tumba, y esto es muy natural. Por
mucha importancia que conceda a la vida presente no puede impedirse considerar
cuán breve es ésta, y sobre todo cuán precaria, ya que en cualquier instante
puede verse tronchada, y el hombre nunca está seguro del día de mañana. ¿Qué le
sucede después del fatal momento de la muerte? Seria es la pregunta, pues no
implica unos pocos años, sino la eternidad. Aquel que deba pasar largos años en
un país extranjero se preocupa por la situación en que allí se encontrará. ¿Cómo, entonces, no preocuparnos
de la situación en que estaremos al dejar este mundo, puesto que creemos que lo
abandonaremos para siempre? La idea de la nada tiene algo que repugna a
la razón. El hombre que durante su vida ha sido el más despreocupado, cuando
llega el instante supremo se pregunta qué será de él, involuntariamente concibe
una esperanza. Creer en Dios
sin admitir la vida futura constituiría un contrasentido. El sentimiento
de una existencia mejor está en el fuero íntimo de todo hombre. Dios no ha
podido implantarlo en vano ahí. La vida futura implica la conservación de
nuestra individualidad después de la muerte En efecto, ¿qué nos importaría
sobrevivir al cuerpo, si nuestra esencia moral debiera perderse en el océano de
lo infinito? Para nosotros, las consecuencias de ello equivaldrían a las de la
nada».
Inferencias interesantes las
de Kardec, pero sólo me detendré a comentar que, todas las dudas que tenemos
acerca del Más Allá, de alguna forma o manera, reflejan las dudas que tenemos
acerca de la existencia de Dios, tanto cuanto, si dudamos de la
existencia del Más Allá o no terminamos de comprender lo que en ese Más Allá
ocurre es porque, de alguna forma o manera, estamos dudando de Dios o no
terminamos de comprender Sus Perfecciones e Implicaciones. De manera que, se hace altamente necesario leer, investigar y profundizar
acerca del Reino de Dios, el cual es propiamente espiritual, si realmente
queremos llegar a ‘Conocer a nuestro Amoroso Padre Dios’. Cuando logremos comprender qué es
el Más Allá y lo que realmente ocurre allá, entonces comenzaremos a comprender
lo que realmente hemos venido a hacer a este Mundo y lo que realmente es el
Paraíso y el infierno, entonces dejaremos de preocuparnos y comenzaremos a
ocuparnos en entrar al Paraíso, aunque pareciera que teníamos ganado el
infierno).
NO ES DIOS QUIEN NOS JUZGA
Muchísimos son los que,
al desconocer qué es el Más Allá y lo que realmente ocurre allá, suelen
imaginar que, cuando hagan su transición a ese desconocido lugar, les estará
esperando Dios, con una vara en la mano, para castigarlos, por lo mal que se
portaron durante su existencia material. Pero resulta que, en ese Más Allá,
pocos son los que tienen la Dicha de Ver a Dios, en atención a que lograron ‘Conocerle’.
De manera que, la gran
mayoría de los que van muriendo, se encuentran es con sus propias Almas, las
cuales saben lo que hicieron y lo que les conviene o merecen, en atención a sus
comportamientos durante su existencia material. Son nuestras propias
Almas las que deciden la próxima Reencarnación y esta será un Paraíso o un
infierno según sea lo que se merezca el Espíritu, en atención al puntaje que
haya acumulado en sus vidas pasadas.
EL JUICIO DE DIOS SE ENCUENTRA EN NOSOTROS MISMOS,
tanto cuanto formamos parte de Dios y sabemos lo que hicimos bien o mal, y lo
que merecemos en consecuencia. Somos nosotros mismos
los que ‘Planificamos’ nuestra próxima Reencarnación, tomando siempre en cuenta
nuestros comportamientos en las vidas materiales pasadas, y decidiendo los
Karmas que merecemos, según nuestros comportamientos hayan sido buenos o malos.
Nuestro Amoroso Padre Dios, desde la cercana pero infranqueable distancia, da
el visto bueno a nuestras ‘Planificaciones’, esperando que realmente cumplamos
con lo ‘Planificado’.
Al respecto, vale la pena
leer la apología que al respecto nos deja anotada Kardec:
(419): «Un padre ha
dado a su hijo educación e instrucción. Vale decir, los medios para saber
conducirse. Le cede un campo para cultivar y le expresa: “Esta es la normal que
has de seguir, y estas las herramientas precisas para lograr que la tierra sea
fértil y asegures así tu subsistencia. Te di instrucción para que comprendieses esa norma. Si la obedeces, el
campo te rendirá mucho, proporcionándote descanso en tu vejez. Si no lo
haces, la tierra nada producirá y morirás de inanición”. Dicho lo cual, el
padre deja al hijo que obre como mejor le parezca. ¿No es cierto que ese campo
rendirá en virtud de los cuidados que se concedan a los cultivos, y que toda
negligencia irá en detrimento de la cosecha? El hijo, pues, será en su ancianidad dichoso o
desgraciado, conforme haya seguido o descuidado la norma que su padre le trazó.
Por su parte, Dios es aún más previsor, por cuanto nos advierte a cada instante
si estamos haciendo bien o mal. Nos envía a los Espíritus para que nos
inspiren, pero no los escuchamos. Hay, además, la diferencia de que Dios otorga
siempre al hombre un recurso, en sus nuevas existencias, para que repare sus
pasados errores, en tanto que el hijo a que hacemos referencia no lo tendrá, si
emplea mal su tiempo». (Nuestro Amoroso Padre Dios nos Ha Instruido
respecto a lo que se espera de nosotros durante nuestras existencias materiales
y nos Legó Reglas al respecto. Luego, queda de parte nuestra el cumplir o no con
las Reglas y en tomar en cuenta o no Sus Instrucciones, para que nos
vaya bien, durante el Desarrollo de El Gran Juego. Como
Las Instrucciones de nuestro Amoroso Padre Dios están inscritas en nuestros ADN
Cósmico, pues nosotros ciertamente intuimos lo que está bien y lo que está mal,
por lo que, al faltar en alguna Regla, somos nosotros los que decidimos -CON
JUSTICIA- lo que merecen nuestras acciones, sea esto bueno o malo. Pero
entiéndase que, cuando
por Justicia nos vemos obligados a decidir la activación de un Karma
desagradable, no es porque nos estemos castigando, sino que, nuestras Almas
saben lo que necesitamos para ‘Perfeccionarnos’ y la ‘Perfección’ muchas veces
requiere dejarnos caer en un ardiente crisol, para salir relucientes como el
oro).
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